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Entrevista de Antxon Urrosolo

Escrito por

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- ENTREVISTA REALIZADA A LA EMPERATRIZ ZITA DE BORBON-PARMA -

- ANTXON URRUSOLO (EL CORREO) -

ZURICH

La entrevista tiene lugar a cien kilómetros de Zurich, Suiza alemana, en el interior de un convento-residencia de ancianas, próximo a la frontera austríaca, donde la última emperatriz de Austria y reina de Hungría, Zita de Habsburgo-Lotinghren, tiene todo lo que necesita para ser feliz: una misa diaria y un pretérito tan pluscuamperfecto como histórico.

Vestida de un riguroso, discreto y atildado luto, Zita se apoya en dos bastones, también negros, para incorporar su figura de adolescente y una sonrisa infantil llena de frescura, a la modesta estancia que le sirve de retiro, compuesta por una mesa camilla, un estoico sillón aterciopelado – negro, por supuesto –, dos ventanales amplios y soleados, que dan a un jardín, y una televisión. «Me la regalaron mis hijos el año pasado».

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Zita, la Dama de negro

Días antes había confesado a su hijo Otto, a su hija Elisabeth y a su yerno Heinrich de Lichtenstein (en cuyo castillo de Waldstein se hospeda, por temporadas, desde que el jefe del Gobierno austríaco, Bruno Kreisky, gestionó su permiso de entrada en Austria, por intercesión del Rey Juan Carlos su «impaciente alegría» por volver a reencontrarse con Lekeitio y con el País Vasco, por vez primera, en cincuenta y cuatro años.

MEDIO SIGLO DESPUES...

Así que eran las dos y media, «o´klok», en los relojes suizos, cuando la emperatriz comenzó a evocar uno de los pasajes “más hermosos” de su vida. En ese instante, sostenía entre sus manos, desnudas, salvo el dedo índice, adornado con una solitaria alianza de oro, la fotografía dedicada: «A la Emperatriz Zita, afectuosamente, el alcalde de Lekeitio, Xabier Txakartegi que sirvió de presentación de credenciales.

Antes de tomar definitivamente asiento dijo: «Esta es una buena ocasión para que vuelva a hablar en castellano después de cincuenta años». Dígame, ¿el alcalde de ahora se llama Txakartegi? Hubiera querido conocerle personalmente... Yo jamás podré olvidar a don Bruno Larrazábal, aquel alcalde que nos acogió en Lekeitio en 1922».

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Algunos de sus hijos

La atmósfera de la habitación es serena, apacible, anticuada, silenciosa y llena de susurros, pero un punto melancólico, como de griterío infantil y música callejera se deja entrever en el melodioso tono de voz de la emperatriz cuando comienza a relatar su llegada a Lekeitio, acompañada de su madre y de sus ocho hijos, un 18 de agosto de 1922.

AQUEL 18 DE AGOSTO

 - Nosotros estábamos exilados en la isla de Madeira y acababa de fallecer mi esposo Karl. Todo era bastante oscuro entonces, pero encontramos ayuda en S. M. Alfonso XIII, quien nos envió una fragata para ser trasladados a España.

 - En primer lugar estuvimos residiendo dos meses en el Palacio del Pardo, donde nunca nos faltó la atención de la reina María Cristina y de su hijo, que nos visitaban asiduamente.

  - Luego supimos del interés de Adolfo de Urquijo e Ibarra –¡Cómo olvidar a Urquijo Ibarra! – por encontrarnos una residencia fija en el País Vasco. Nunca habíamos, oído hablar de Lekeitio y, sin embargo, años después, mis hijos y yo hemos evocado aquel día en el que pisamos ese precioso pueblo.

 - Hasta ese momento, los niños y yo habíamos estado errando de un lugar para otro. Allí empezamos a sentirnos una familia normal.

 - Los niños se educaban según los planes de estudio húngaros y austríacos con dos institutrices, pero estaban siempre aprendiendo el vascuence con los pescadores, especialmente Otto y Adelaida, los mayores.

 - Vivíamos en Lekeitio. Eramos de Lekeitio...¿Comprende? Acudíamos a las fiestas, compartíamos el paseo con la gente, nos saludaban, saludábamos, nos conocían y conocíamos a muchas buenas personas.

 - Residíamos a un paso de la iglesia de la Asunción. Dígame, ¿ha sufrido la iglesia con la catástrofe? menos que otras iglesias majestad.

 - Siete años de nuestra vida quedaron en Lekeitio, ¿Sabe usted? Mi hijo Otto, el mayor, fue allí de viaje de novios, pero para mi este es el primer contacto que tengo con el pueblo desde que salimos en 1931.

 - Hay términos vascófonos que la emperatriz Zita pronuncia perfectamente dice Uribarren - al referirse a la asociación que acabó comprando el Palacio (que todavía hoy convertido en hostal lleva su nombre) a su propietario el conde de Torregrosa, para ponerlo a su disposición.

 - Me parece que hubo algunos problemas con el alquiler no recuerdo bien, y Adolfo Urquijo Ibarra creó la -"Asociación Uribarren"- para comprar el Palacio al conde Torregrosa. Entre tanto nosotros estuvimos viviendo en Donostia-San Sebastián.

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En la playa de Isuntza

En Donostia-San Sebastián

 - En el Hotel María Cristina. No, no era el «María Cristina exactamente. Era un hotel que estaba anexo a un templo, no puedo acordarme como se llamaba y que según tengo entendido luego desapareció o quedo integrado en la iglesia próxima, pero ahora mismo no puedo recordar el nombre del hotel... A mi edad... la memoria... en fin... Tampoco tiene demasiada importancia... Sé, eso si, que venia a menudo a visitarnos María Cristina».

Y luego volvieron a Lekeitio. tras un interregno de dos meses.

 - «Sí, gracias a don Adolfo Urquijo, excelente amigo. Fue hermoso ver la acogida que nos dispensaron otra vez. Nosotros en aquel tiempo, nos hubiera gustado volver a Austria o quedarnos en Lekeitio para siempre».

UN PLENO HISTORICO

Estuvieron residiendo en Lekeitio hasta la proclamación de la «II República Española». Sin embargo, majestad, la Corporación Municipal Lekeitiana de entonces, con un marcado acento republicano, acordó, en histórica sesión plenaria y recogiendo el sentir del vecindario, que pese al cambio de régimen, podíais continuar viviendo en el Palacio.

 - «Exactamente. Yo sigo agradeciendo desde el fondo de mi corazón, este gesto como tantos otros, pero no olvide usted que yo llegué a España por la hospitalidad de Alfonso XIII y de la familia real española y lo más prudente fue iniciar la marcha tras la salida del país de mis anfitriones».

LUCTUOSA ADOLESCENTE

Al finalizar cada frase, cada palabra, cada gesto, la emperatriz Zita recoge sus manos sobre las rodillas y se yergue en la silla esperando una nueva pregunta, en una actitud entre cortés, expectante y pudorosa.

Lleva el pelo recogido con una redecilla y unas gafas con montura de pasta y línea de época que dan, a sus 92 años, cierto aspecto de “niña traviesa”, de eterna adolescente a punto de sonrojarse, o de estallar en una carcajada espontánea. Esa sensación que transmite contrasta, no obstante, con su luctuosa indumentaria.

Desde que falleció su esposo, el emperador Carlos. Zita se convirtió en una joven - viuda en duelo -. Durante la conversación las arrugas de su rostro se abren como pétalos mustios de una rosa que tuvo, necesariamente, que deslumbrar en aquel cortesano e imperial jardín, donde las partituras de Strauss inundaban cada metro cuadrado, llenas de rotas femeninas.

Presintiendo la belleza que esconde tras el tiempo uno siente ganas de hacer una finta de olvidarse del tema central de la conversación y de preguntar por fin, en que momento el color dejó de acentuar el tono de su canto de porcelana nonagenaria.

¿Desde que falleció el emperador Carlos siempre ha vestido usted de negro?

 - ¡Oh, si, siempre!

¿Y nunca ha estado tentada, en tantos años, de ponerse algo vivo, alegre?

 - No, nunca. La alegría es algo que se debe llevar por dentro.

¿Debió usted de querer mucho a su esposo.?

 - Su muerte ha sido el hecho más terrible de mi larga vida. Creame.

TIEMPO DE NENÚFARES

Tal vez desde entonces la emperatriz comenzó a decirse aquello de «sé bien que galoparé en negro, porque negro es el color de los sueños, negras las manos de la intimidad, y sin espuelas, y sin bridas, porque las espuelas son el der aberración, estrellas de tijeras y abismo», pero debió haber un tiempo en su vida de nenúfares, magnolias, plumas de damasco, óleos escarlata, celestes noches, vinos blasonados, crines de caballos arcangélicos, sueños de morado satén, música en finísimos violoncellos y dulces pájaros de de juventud.

Un tiempo en el que ella debió de rodear su cuerpo de adelfas, más allá de Hungría y de Austria, del bien y del mal, del imperio y su fragmentación en mil pedazos, en mil nacionalidades surgidas de aquel esplendor de narcisos y valses.

Quizá por todo ello, sentí la necesidad de preguntarle por el color, por la luz, que galopó por su delgadez antes de que la desgracia le brindara en el poniente. Permítame dos preguntas frívolas emperatriz ¿Cuando se puso usted por ultima vez un vestido de color? ¿Cuando bailó su último vals?

Una sonrisa nerviosa denota el perfume pasado que se encierra siempre como un frasco en la memoria y de la regia - viuda en duelo - nace la niña que se enamoró del último emperador del imperio austro-húngaro.

Zita distiende sus pupilas, parece sentirse a gusto con la pregunta, pero después, sin dejar de sonreir, contesta con brevedad.

EL ULTIMO VALS

 - ¡Oh, si! Me puse mi último vestido de color antes de que falleciera Karl, estando gestante de mi hija Elisabeth.
 - Creo que era rosa.
 - Y... el último vals...¡Dios mío! ¡Hace ya tanto tiempo!...
 - Lo bailé con mi esposo, en Viena, antes de la primera guerra mundial. Pero, por favor, no sigamos hablando de mí.
 - Cuenteme usted cosas de esa horrible catástrofe del País Vasco.
 - Estoy impresionada. He seguido todo con el alma encogida a traves de esta televisión que mis hijos me regalaron el año pasado.
 - ¿Ha sufrido mucho Lekeitio?
 - Y, Bilbao, ha sido espantoso lo de Bilbao, ¿no es verdad?
 - ¿Cómo se encuentran todos los pueblecitos a los que solíamos salir de excursión, Bermeo, Ondarroa...
 - Dejemos de hablar de mi.
 - Dígame ¿qué es lo que ha pasado?.
 - Y ¿Donostia-San Sebastián?. ¡Que hermosa ciudad! ¿También ha resultado dañada?

La cuerdas vocales se vuelven vitriolo para explicar a esta anciana, de égloda y epopeya, que por aquí acaba de pasar la guerra, que hay pueblos tratando de buscar su fisonomía, sus señas de identidad, que hay ruinas y que apenas quedan lágrimas, pero que la vida seguirá, a pesar de todo, y que llegará un día para enterrar esta pesadilla en el ólvido.

Zita solo repite, mientras escucha atenta, intermitentemente, “es catastófrico”...

Después se acerca a sus dos bastones y se pone de pie. Arrastra sus botines de paño negro hasta la mesa camilla cercana y toma un pequeño sobre, que luego abre parsimoniosamente..

 - Mire usted, es un pequeño tributo de mi agradecimeinto y de mi recuerdo al Pais Vasco. Quiero que usted se lo entregue al alcalde de Lekeitio en representación de todos los pueblos. ¿Cómo dice usted que se llama?...¡Ah, si, Chacartegui!...

Del sobre saca una fotografía en color: Zita, tocada con un sombrero negro y una banda azul, escribe unas líneas sobre su imagen. “ De la emperatriz Zita, con cariño, al alcalde de Lekeitio ”.

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Palacio de Uribarren

Detrás de esta mujer que, en este preciso instante habla de la gripe que le llevó a curarse al Colegio de las Madres Irlandesas de Zalla, hay un fragmento vivo de historia que se remonta, a unos momentos, en los cuales cambió el mapa político del mundo radicalmente.

Oyéndole, aquí, en la modesta habitación de una residencia de ancianas, nadie podría imaginar que la viejecita enlutada, pulcra y amable, oradora impenitente de rosarios y asidua oyente de misas, tuvo un día un protagonismo fundamental en las secretas negociaciones de paz, que Austria llevó a cabo con Francia, con objeto de salvar lo escasamente salvable del Imperio en 1917, mientras la Primera Guerra Mundial seguía su curso.

Sí, por un solo momento, te paras, reflexionas y entiendes que este personaje, “una encantadora abuelita”, tuvo ayer, al menos tres páginas y un grabado de la “Historia Universal” estudiada en el bachillerato, sientes un especie de “vivo sin vivir en mi”, que te paraliza de la cabeza a los pies y que te hace formar parte de un cuadro realista, porque, qué es, sino surrealismo, para un hombre que todavía no ha cumplido los treinta, preguntar a esta anciana.

VI EL HAMBRE, BUSQUE LA PAZ

Dígame, majestad. ¿Pudieron ustedes evitar la Primera Guerra Mundial?

 - En aquel horrible episodio yo vi el hambre, vi la miseria, vi la angustia, vi el dolor y vi los esfuerzos sobrehumanos que hacia mi esposo por conseguir la paz, pero eso la gente no lo sabía y comprendo que se fraguara una especie de resentimiento contra nosotros. La primera tarea que se propuso Karl fue procurar que la guerra acabase de una vez por todas. Pero existían demasiadas fuerzas interesadas en que el conflicto continuara.
 - Sabíamos que la guerra solo podría tener un triste final y por eso se intento encontrar una fórmula para atajarla, pero no tuvimos éxito. Yo, ahora, tanto tiempo después solo guardo amor por toda aquella gente que nos despreció, porque estaban engañados no sabían lo que ocurría realmente.

EL EXILIO

En 1919 Zita de Habsburgo partía hacia el exilio junto a su esposo el emperador Carlos y sus hijos. La monarquía acababa de caer en Austria y Hungría, surgió la Primera República Austriaca y emergieron los nacionalismos.

Ella se encontraba en su octavo y último embarazo, el de Elisabeth, que nació, precisamente en España.

Octubre 1921. Con rumbo desconocido a bordo del Cardiff

¿Sabe usted que cuando llegamos a Lekeitio tenia unos meses y don Alfonso Urquijo Ibarra, nos regaló una cabra para amamantarla?

- Había sido emperatriz desde la muerte de Francisco José (1916) hasta finales de la Primera Guerra Mundial. Dos efímeros y crueles años, sin mas esplendor que el de un título, salpicado de metralla.

- Si tuviera "una segunda oportunidad sobre la faz de la tierra", según frase de "Cien años de soledad" y usted lleva cumplidos noventa y dos de esos cien, si pudiera reencarnarse, surgir de sus cenizas. ¿Volvería a ser la emperatriz Zita?.

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

 - Escuche, si yo me fuera de este mundo, creo que me sentiria tan contenta al lado de Dios que no volveria por nada. Me sobra, completamente esa segunda oportunidad sobre la faz de la tierra.

A veces sus respuestas son así de contundentes, claras, concisas y enéggicas. Dejan entrever la firmeza de carácter que debió mostrar en los momentos más dramáticos de la historia, como en su primera etapa de su destierro, cuando quedó embarazada de su octavo hijo, aterrizo junto a su marido en un campo de remolachas de Hungria, para reinstaurar el poder de los Habsburgo en aquel pais.

El intento que era el segundo, resultó fallido. La senil placidez, la dulzura que manifiesta en cada ademán eclipsan la imagen de rigidez mental que pudo haber tenido en el pasado, aque la emperatriz que enviaba a su padre espiritual, un jesuita, para que fuesen cerrados los burdeles de la guerra del 14.

Pero es el tiempo, el que hace madurar al vino, el que flexibiliza a las personas, y enseña a los pueblos, porque el tiempo es el Senado, la sabiduria, la plenitud, y en ocasiones, la Justicia.

Sesenta y tres años después de aquel instante en que Zita abandonó el trono Austro-Húngaro, tras medio siglo de exilio, ha vuelto a pisar suelo de Austria.

AGRADECIDA AL REY DE ESPAÑA

 - Estoy sumamente reconocida al Rey de España por haber hecho posible mi regreso a Austria, interesando al jefe del Gobierno, señor Kreisky, por mi caso.
 - Pero, mire usted, yo creo que he permanecido todo este tiempo fuera de mi patria, por una desconsideración, o por un error jurídico.
 - En fin de la Primera Guerra Mundial fue, con seguridad, uno de los mayores cambios que ha registrado este siglo, pero entonces, la correlación de fuerzas de la situación política mundial no permitió una disposición de ánimo para que, regresase junto a mi familia a Austria.
 - Porque yo no he abdicado nunca... ¿Sabe?... No tenía que hacerlo, sencillamente, porque no tenía ningún derecho por mi misma, ya que en el Derecho de Habsburgo, la sucesión se lleva a cabo por vía masculina, yo no era, por tanto, la sucesora del emperador, sino, simplemente, su esposa.
 - Por eso, cuando me preguntan a menudo "¿Ha renunciado usted?"..., insisto en que no poseía nada de qué renunciar.
 - Yo me convertí en ciudadana austríaca por mi enlace con el emperador Carlos y, como tal, debí haber vivido en mi patria desde mucho tiempo atrás.

CORRESPONDENCIA CORRESPONDIDA

Zita me enseñó un paquete de correspondencia.
  - Cada día recibo cientos de cartas, de toda Austria -, dice, “y las contesto todas, absolutamente, porque es una muestra de cariño que debe ser correspondida”. Esta es su tarea en el convento-residencia, próximo a Zurich donde vive retirada, entre la misa matinal y el rosario vespertino.

Cuenta, traspasando con voz melodiosa un rayo de sol que acaba de colarse por la ventana, que otra de sus preocupaciones consiste en seguir de cerca el proceso de canonización del emperador Carlos, el amor de su vida y el hombre al que sigue dedicando sus últimos días.

REPOSAR EN VIENA

No existe ningún problema político ni jurídico, para que sus restos sean trasladados a la - Cripta de los Capuchinos -, en Viena. Lo que ocurre es que mientras continua en Roma su proceso de canonización no se puede inhumar el cuerpo. Naturalmente que, a mí me gustaría reposar junto a él en Viena, algun día.

Con su marido e hijos

La delicada reliquia histórica encarnada en sus noventa y dos años planea sobre livianas líneas de sombras al referirse al veintiuno de noviembre, la noche en que murió el emperador Francisco José, esposo de Sissi.
  - Estuvimos en su lecho agónico, dice, Karl acababa de llegar del frente y le dio la noticia de la marcha de la guerra en la zona de Rumania. Se alegró del progreso pero para ese instante ya había dejado de creer en una paz conjunta global.

El replicar con sonido de oro dulce de las campanas del convento impone un silencio en la habitación. Zita deja que hablen las notas de hierro colado golpeando intermitentes "Din-Don", "Din-Don", "Din-Don", y luego pierde el hilo de la conversación de media tarde y habla de lo que más le ha interesado a lo largo del encuentro.

DOS ESCOPETAS DE EIBAR

 - Ya le he dicho que mi hijo Otto regresó, a Lekeitio para cumplir allí su viaje de novios. Me contó, que en aquella ocasión le regalaron dos escopetas fabricadas en Eibar, ¿no es así?... y ahora a mí me viene a memoria que ese pueblo estaba junto a otro llamado Elgoibar, ¿no es verdad?, Lo se porque pasamos de excursión con los niños camino del balneario de Alzola. ¡Son tantos recuerdos! No sabe usted como se me ha encogido el corazón mientras he ido siguiendo los efectos de la catastrofe en el Pais Vasco.

 - Hay una cosa quizá un poco tonta, que me gustaría saber de todo aquel mundo en que usted vivió.

 - Como quiera, estamos charlando entre amigos, ¿no es verdad?.
- Bien. Durante generaciones se ha consumido cine, literatura y leyenda del mundo de príncipes, princesas, pricesas, emperadores, generales de calzas blancas y chorreras doradas, valses en el Palacio Imperial de Viena, suspiros del Danubio Azul a la luz de la luna, románticismo a grandes dosis para épocas de escasez social.

- Y yo le pregunto majestad. ¿Que había de cierto en todo aquello? ¿Nos engañaron una vez más?

 - Nada, no habia nada de cierto. La vida en palacio no tenía ningun punto de contacto con esas fantasias, con esas comedias que se crearon sobre el imperio Austro-Húngaro.

NO HE VISTO EL FILM SISSI

 - ¿Ha visto usted la película Sissi?... Ya sabe el film en el que Romy Schneider hace el papel de su antecesora.

 - No, no la he visto. No podría soportar una comedia tan falsaria.

Algún día señora más alla de las computadoras, del laser, y de la bomba de neutrones, habiendo traspasado el umbral del 2.000, las píldoras vitamínicas concentradas y "el niño probeta", los anillos de Saturno, los jardines con flores de plástico y las muñecas vestidas de azul... dirá alguno de nosotros a cualquier replicante humano o "zombi" que ocupe la casa de al lado: "Escucha chico, yo un día "conocí" a la última emperatriz del imperio de la Gran Ceremonia".

Pero el tipo no entenderá nada, porque, para entonces, señora, los libros de Historia con colorines habrán sidi devorados por un cerebro liso y anónimo ligado a una frígida terminal de datos.

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