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Callejero de Lekeitio
Home Noticias Año 2010 Un genio en Lekeitio

Llegó de Madrid con su maestro Chicharro y quedó fascinado por el paisaje vasco
ISABEL URRUTIA

Corría el verano de 1907, cuando recaló en Lekeitio un joven con cara de luna y ojos adormilados. Medía 1,85 y pesaba más de 100 kilos. Apenas tenía 20 años, pero ya proyectaba una sombra imponente a la que no tardarían en arrimarse un sinfín de mujeres y genios de la pintura del siglo XX. Se llamaba Diego Rivera, era mexicano y dicen que la hierba crecía más verde allí donde pisaba.


Diego Rivera y Frida Khalo

Había nacido con una sensibilidad exquisita y, a la hora de satisfacer sus deseos, no conocía límites. Con el tiempo se casaría cuatro veces -dos con Frida Kahlo-, tendría varios hijos ilegítimos y trabajaría 18 horas diarias. Un fenómeno de la Naturaleza que, no obstante, también vivió una época de calma chicha.

Mucho antes de afiliarse al Partido Comunista y querer cambiar el mundo a brochazo limpio, el mejor pintor que ha dado México disfrutó de unas semanas en la costa vizcaína. Llegó en compañía de su maestro Eduardo Chicharro y otros alumnos del taller de Madrid donde estudiaba gracias a una beca del gobernador de Veracruz, pero casi no le vieron el pelo. Todos las mañanas salía al despuntar los primeros rayos de sol, con el caballete al hombro y los pinceles en el bolsillo.


 

"Cuando los remos descansan"

Óleo sobre tela, propiedad de un coleccionista privado de EE UU (110,3 x 81,3).

Origen:

Nace en la ciudad mexicana de Guanajuato, en 1886. Formación: En 1907, recibe una beca para proseguir sus estudios en España. Así arranca un periplo que le llevará a Francia, Bélgica e Italia.

Estilo:

Tocará todos los estilos: modernismo, impresionismo, posimpresionismo, puntillismo, futurismo Al final, se decantará por el muralismo.

Sólo llevaba medio año en España cuando en Lekeitio salió a flote el talento del artista en ciernes, tomó impulso y lo demás es Historia. En la actualidad, se conservan a la vista del público dos cuadros de aquella época: el Museo Diego Rivera, en la ciudad de Guanajuato, exhibe 'Iglesia de Lekeitio' y las Galerías Agustín Cristóbal, en la capital mexicana, atesoran 'La casona', que representa el edificio de la esquina de la calle Beheko con Tortola.

Demasiadas incógnitas «Puede parecer increíble, pero nada de esto se cuenta en las aulas de la UPV. Y es lógico, por la sencilla razón de que no existe la asignatura de arte latinoamericano contemporáneo. Yo supe quién era Diego Rivera fuera de la universidad y me enteré de que había estado en el País Vasco por libros que leí más tarde», lamenta Idurre Alonso, de 27 años, comisaria de exposiciones del Museo de Arte Latinoamericano de Long Beach (California). Esta laguna en los planes de estudios salpica a todo el mundo: en las guías turísticas de Euskadi, tampoco se hace ninguna referencia al paso del torbellino mexicano por tierras vizcaínas.

El Museo Casa Diego Rivera, de Guanajuato, no recuerda «a ninguna autoridad vasca que haya mostrado interés en su obra», confiesa Federico Ramos, director del centro. Como prueba de esa falta de comunicación, basta leer el título bajo el cuadro de la basílica de la villa: 'Catedral de Lekeitio'. Un ascenso en el rango eclesial -la catedral de Vizcaya se encuentra en Bilbao y es la de Santiago- que nadie ha corregido desde la apertura del museo, en 1975. «Pensábamos que era una catedral, hace buena pareja con el óleo de Notre Dame que está al lado », justifican los responsables de la pinacoteca. La confusión y las incógnitas se agolpan cuando se rastrea esta etapa española.

¿Cuántos lienzos pintó en Lekeitio? ¿Qué ha sido de 'En Vasconia' y 'En la parte de Pedro'? Sólo se conocen por su reproducción en publicaciones de la época como 'Revista Moderna de México'. En el primero, aparecen los acantilados de Kabaua y en el segundo, un pescador que limpia las capturas de la jornada en la zona conocida como San Pedrope, con la ayuda de su mujer. Dos óleos que ahora estarán arrinconados en un desván bajo la capa polvorienta de un siglo O en manos de un coleccionista privado de EE UU, como es el caso de 'Cuando los remos descansan', una estampa del puerto al atardecer.

El pasado de Lekeitio perdura en la obra de Diego Rivera. Aunque muy pocos lo sepan. El enigma se hace más indescifrable por las malas artes del autor. Vanidoso y fabulador, el pintor mexicano corrió un tupido velo sobre estos años y tachó su producción juvenil de «terriblemente insustancial». Igual que Picasso, renegó de los tanteos e ilusiones que le quitaban el sueño cuando comenzaba a abrirse camino. En su madurez le costaba reconocer, como miembro del Sindicato de Artistas Revolucionarios de México, que había fantaseado con triunfar al servicio de la burguesía. Bajo la tutela de Chicharro entre 1907 y 1909, sólo se había esmerado en paisajes y retratos que no desentonaran con la cubertería de plata de los grandes salones.

No era entonces más que un joven ambicioso, recién llegado a Madrid y con muchos miedos. De no haber sido por la beca de cuatro años que le había otorgado el gobernador de Veracruz, Teodoro Dehesa, se habría quedado en su país regando cactus. Desde los tres años, había dado muestras de un talento descomunal para el dibujo, pero ninguna institución académica se había dignado a respaldarle en sus estudios. Ni la ciudad de Guanajuato, donde había nacido, ni la capital de México, a la que llegó con su familia a los seis años, habían movido un dedo por él. Muy pronto cayó en la cuenta de que sólo podía contar con sus propias fuerzas. Que no eran pocas.

Se agarró a la oportunidad que le ofrecía Teodoro Dehesa como a un clavo ardiente y saltó el charco con mucha ropa de abrigo y ni una sola estampa de la Virgen de Guadalupe. Ateo desde la niñez por influencia de su padre -maestro de escuela, liberal y masón-, se empeñó en buscar el paraíso en la tierra y lo halló en la pintura. «Lo único que realmente amaba hasta la locura era su trabajo», confesó su primera compañera sentimental, la pintora rusa Angelina Belhoff. La creatividad de Diego Rivera discurría arrolladora en 1907, pero sin salirse de los caminos trillados. 'Autorretrato con chambergo' y 'Noche de Ávila' son ejemplos de ese periodo, correctos y con un ligero toque romántico.

El sombrero de ala ancha que luce en el primero y las sombras sinuosas que bordean el sendero manchego no apuntaban muy lejos. Ése era su rumbo hasta que descubrió el mar abierto de Lekeitio. A orillas del Cantábrico, le esperaba una villa de palacetes con jardines versallescos y mujeres que tocaban el piano a la luz de los candelabros; y a pocos metros, callejuelas estrechas, con olor a sardina y niños de ojos azules que madrugaban para faenar en el puerto.

Lo mismo podía charlar con el pintor Ricardo Madrazo que darse una vuelta por la cofradía de pescadores y tomarse un vaso de txakoli en la taberna. «Mi abuelo Ricardo vivía en la casa familiar, en la calle Gerrikabeitia, y seguro que habrá coincidido con Chicharro y sus alumnos aquel verano», asegura José Madrazo, ex capitán de la Marina Mercante y pintor aficionado, sentado en un poyo del puerto. El clima era propicio. Lejos del calor asfixiante de Madrid, Diego Rivera podía respirar libremente.

Tanto que la inspiración se le desbocó y arrastró hasta el mismísimo umbral del cubismo: en 'La casona', echa por tierra todos los convencionalismos para centrarse en la pared blanca que preside una esquina. Tres años antes de conocer las vanguardias en París, su instinto le permitió entrever el futuro en la calle Beheko. El amor por las paredes En Lekeitio, Diego Rivera se sintió más cerca de su meta, aunque todavía quedara muy lejos Roma.

Porque allí, en la Ciudad Eterna, acabará llorando en 1920 ante los murales de Carracci, en el Palacio Farnesio ¿Había encontrado lo que buscaba! Su destino era hacerse fuerte dentro de los límites de una pared: alegorías, escenas de la vida del pueblo mexicano y el anhelo de cambiar el mundo palpitarán en todas sus grandes obras. Los estallidos de color inundarán hasta el rincón más humilde de sus murales.

No lo podía evitar: tenía madera de revolucionario. Hasta el punto de que en 1933 no le tembló la mano, al pintar a Lenin en un mural que le había encargado la familia Rockefeller para el edificio RCA (Radio Corporation of America) de Nueva York. El escándalo no remitió ni siquiera cuando incluyó a Lincoln para compensar el efecto.

Los propios obreros destruyeron su trabajo. Y no le importó. Hizo una nueva versión al año siguiente, en el Palacio de Bellas Artes de México. A Diego Rivera no había muro que le pusiera freno. Todo lo contrario.

Actualizado (Lunes, 04 de Octubre de 2010 12:15)

 

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